jueves, 5 de abril de 2007

ARTICULO INVITADO


Padre, perdónalos
Hay, a mi modo de ver, tres perdones: uno es el perdón que se afinca en los sentimientos.
Lorenzo Madrigal


Hay, a mi modo de ver, tres perdones: uno es el perdón que se afinca en los sentimientos. Tratamos de olvidar, puesto que perdón y olvido tienen colindancia. No pensar más en la ofensa y optar por la alegría del vivir y el goce de la amistad y la compañía. Llamémoslo perdón moral por lo inasible y etéreo, no tanto en sentido ético.
Otro es el perdón judicial. Reglamentario, cívico, jurídico. Como del derecho es algo que se impone sobre los sentimientos. Podemos seguir resentidos, pero la ley ha cancelado toda rencilla. Este perdón, particularmente y puesto que es externo y perteneciente a la regulación de la sociedad, ha de ser equitativo. Ha de estar medido en proporción al daño causado y, sobre todo, ha de ser igual para todos. No que a unos se les perdone más y a otros menos.
De lo anterior se infiere algo que considero de la mayor importancia, a saber, que si por un caso de conciliación y en procura de la paz social, se decretan amnistías o indultos a favor de los involucrados, a todos los demás que en ese momento estén purgando penas les ha de tocar una buena parte de los beneficios. Un diez y yo diría que un veinte por ciento de rebaja penitenciaria.
Es inconcebible que a quien ha ejecutado a sangre fría un crimen atroz, una masacre, la muerte por lista de ciudadanos, sin fórmula de juicio (y así la tuviera ), se le castigue con módicos cuatro años, llenos de prerrogativas, duchas calientes, computadores y teléfonos celulares y, ahora, vocería política y al que ha robado por necesidad bienes muebles o ha irrespetado, al paso, las partes pudendas de una dama se le condene con los mismos cuatro años de cárcel con maltrato.
Un tercer perdón vendría a ser el perdón político. Concepto distinto del moral o judicial. El perdón político consistiría, en esta elucubración, en que se optara por elegirlos y darles mando y poder en la sociedad política, muy a pesar de sus crímenes, que avergonzarán siempre a sus autores, a lo largo de la vida.
De esto deduzco que una fórmula de paz, que de seguro tampoco sería aceptada por insurrectos atroces, ya que todos quieren gobernar, sería la de evitar la cárcel, ya que nadie hace arreglos de paz para ir a prisión, como lo dijo alguna vez, con realismo propio de su temperamento, el renunciante cardenal Rubiano. Eso estaría bien, pues la cárcel no es buena y en un par de siglos más se verá que esto de encerrar a la gente es una atrocidad medieval y una infamia contra la especie humana. Pero que se prohíban, a cambio, los derechos políticos de quienes han cometido delitos atroces. Con esto evita la nación el tener próceres, mandatarios y ministros o senadores que enjuician a los demás, que bien podrían ser colegas suyos en cuanto a viejos crímenes indultados, y se abstiene el país de enaltecer con los honores públicos a quienes desmerecen del tricolor nacional y del himno (por cierto, el irreemplazable himno de Núñez y de Síndici).

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